El puto Alagoano no aguantó y me empotró hasta dejarme rota
Henrique Alagoano se apareció en mi casa con ese olor a sudor fresco de la cancha, la camiseta pegada al pecho, y yo ya no pude pensar en nada más que en meterle la lengua hasta el paladar. Llevaba semanas mirándolo de reojo cuando pasábamos por el pasillo, el muy cabrón sabia que me ponía su actitud de jugador segura, pero nunca se atrevió a tanto hasta ese día. Cuando me agarrotó contra la pared, sus manos ya estaban en mi culo, amasando la carne como si fuera a mancharla de su sudor, y solo entonces entendí que no iba a ser un chupo rápido. Me tiró sobre la cama con un empujón y ni siquiera me dio tiempo a gemir antes de que su polla gruesa estuviera en mi boca, los testículos golpeándome el mentón mientras me ahogaba con cada embestida. Lo escupí solo para gritarle que me reventara el culo, que llevaba días soñando con sentir su verga entrando sin lubricante, y el muy animal se rió antes de meterla de una estocada, mis nalgas temblando con cada sacudida. Sus dedos se clavaron en mis caderas mientras me destrozaba el ano, los chorros de su leche caliente llenándome hasta que no quedó ni un rincón libre. Al final, cuando solo podía gemir entre dientes, él me miró con esa sonrisa de bastardo satisfecho y dijo: '¿Ves? Sabía que eras una puta para mi polla'