Grandpa James se sacude la polla hasta reventar de leche
“No deberíamos hacer esto… pero no puedo parar”, susurró mientras me agarraba la verga con esa mano arrugada que sabía demasiado bien lo que hacía. Yo solo gruñí, empujando mis caderas hacia adelante para que sus dedos huesudos me apretaran más fuerte, sintiendo cómo la piel de mi polla se estiraba contra su palma callosa. La habitación olía a sudor rancio y a algo más, algo prohibido, como si el aire mismo supiera que esto estaba mal pero no le importara. Sus uñas cortas rasparon mi prepucio hacia atrás, dejando al descubierto el glande hinchado, rojo como un tomate maduro, y yo gemí al sentir el aire frío golpear la punta sensible. “Así, abuelo… así”, jadeó, y yo perdí el control, bombeando mi polla dentro de su puño con movimientos bruscos, sintiendo cómo la sangre latía en mis venas. Cada vez que mi cadera chocaba contra su mano, un chorro de líquido preseminal brotaba de mi hueco, manchando su piel arrugada. El sonido de mi respiración entrecortada llenaba el cuarto, mezclándose con el crujido de sus nudillos al apretarme más fuerte, como si quisiera exprimirme hasta la última gota. No podía creer lo duro que estaba, con la polla palpitando y los huevos apretados, listos para explotar. Sabía que esto estaba mal, que nadie debería vernos así, pero no me importaba. Solo quería correrme, sentir cómo mi leche caliente salía disparada sobre su pecho peludo, marcándolo como mío. Y cuando por fin lo hice, fue con un gemido ahogado, mi cuerpo temblando mientras mi semen blanco y espeso se derramaba en chorros gruesos sobre su piel. Quedó manchado, brillante bajo la luz tenue, y yo sonreí, sabiendo que la próxima vez sería aún peor. Porque esto no se acabaría aquí.