Esclava tatuada gime mientras su amo la domina en latex
Su mirada era fría, calculadora, mientras ajustaba las correas de latex negro que le ceñían las muñecas y los tobillos de la esclava. Ella tembló al sentir cómo el material ajustado le marcaba los pezones duros, cómo el aire acondicionado le erizaba la piel bajo la fina capa de sudor. Él no dijo nada, solo deslizó un dedo enguantado entre sus nalgas, apretando con fuerza hasta que ella contuvo un gemido. Alguien podía entrar en cualquier momento—la puerta del estudio no tenía seguro, y las voces del pasillo se oían demasiado claras. Pero él no se detuvo, solo empujó su polla contra el coño empapado de la sumisa, entrando de una estocada que la hizo morderse el labio. El sonido de la carne golpeando carne era casi un grito, amortiguado solo por los dedos que ella apretaba contra su propia boca. Él gruñó, tirando de su cabello mientras la empotraba contra la pared, sintiendo cómo sus muslos le apretaban las caderas. El peligro de que los descubrieran solo lo ponía más duro, y ella lo sabía, porque sus ojos seguían la puerta entre embestida y embestida. Cuando él se corrió, fue con un gruñido gutural, llenándole el culo de leche caliente mientras ella se mordía el antebrazo para no gritar. Aún se sentía el olor a sudor y latex cuando él se apartó, dejando una mancha oscura en el uniforme negro de la esclava.