Mi polla dura como una roca mientras la hago gemir
El sonido de su respiración agitada contra mi oreja me vuelve loco, sus uñas clavándose en mis hombros mientras me susurra que esto no puede pasar otra vez. Pero ahí está mi verga, gruesa y palpitante, presionando contra su coño ya empapado, y no hay vuelta atrás. Ella sabe que es mala idea, que cualquiera podría entrar, pero al segundo que mis dedos le abren las nalgas y mi lengua le recorre la raja hinchada, se olvida de todo. La levanto contra la pared, sus piernas temblando cuando la penetro de una estocada, sintiendo cómo su carne se abre para mí, caliente y apretada. Cada embestida le arranca un gemido más fuerte, su coño se contrae alrededor de mi polla como si intentara ahogarla, pero sigo embistiéndola sin piedad, escuchando el choque de cuerpos y los gruñidos que no puedo contener. Sus senos rebotan con cada movimiento, los pezones duros como guijarros bajo mis manos, y cuando la giro de golpe para tomar su culo en mis palmas, sé que está cerca. Le agarro el pelo con fuerza, casi rugiendo mientras la penetro más profundo, sintiendo cómo su canal se vuelve más estrecho, más mojado, hasta que al fin su cuerpo se tensa y se corre gritando. Mi propia liberación llega como un rayo, disparando mi leche dentro de ella mientras me entierro hasta las pelotas, cada sacudida de mi polla arrancándole otro gemido entrecortado. El placer es tan intenso que casi me quiebra las rodillas, pero no me detengo, no hasta que su cuerpo se queda flácido contra el mío, los dos jadeando como animales. No debimos hacerlo, pero carajo, no me arrepiento de nada.