Llamasr acepta el reto y demuestra por qué su coño domina a cualquier macho
El sonido de los tacones resonando en el piso de madera anuncia que ella ya está lista, que la humedad entre sus muslos delata la confianza de quien sabe que hoy va a dejar al hombre de rodillas. Llamasr se quita el vestido lentamente, dejando al descubierto sus curvas perfectas y una sonrisa que desafía a su amante a ver si realmente puede aguantar todo lo que ella tiene planeado. Él la mira con los ojos fijos en sus pechos firmes, en la forma en que sus caderas se mueven al acercarse, en cómo sus labios carnosos se humedecen mientras lo provoca. Ella se agacha frente a él, sus dedos acariciando su polla ya dura, y le susurra al oído: «Vamos a ver si puedes hacerme gemir como nunca antes». Él no pierde tiempo, la levanta y la sienta sobre su escritorio, sus manos abriéndose paso entre sus piernas, sintiendo lo mojada que está. Ella arquea la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros mientras él la penetra de una estocada, llenándola hasta que las caderas chocan. Sus gemidos se mezclan con el sonido de la carne golpeando contra la carne, él embistiendo con fuerza, pero ella lo interrumpe: «No tan rápido, cariño, necesito sentir cada centímetro». Ella se monta sobre él, controlando el ritmo, sus movimientos circulares lo vuelven loco, sus tetas rebotando frente a su cara. Él intenta aguantar, pero cuando ella aprieta su coño alrededor de su verga, todo se descontrola. Sus dedos se clavan en sus nalgas, sus embestidas se vuelven más salvajes, más desesperadas. Ella lo mira con ese brillo perverso en los ojos, sabiendo que está al borde, y justo cuando él está a punto de correrse, ella se detiene. «No tan rápido, macho, esto apenas comienza», dice mientras se inclina hacia adelante, sus pezones rozando su pecho. Él gruñe, intentando recuperar el control, pero ella ya ha ganado esta ronda. La sensación de sus labios alrededor de su polla, la presión de su lengua, lo llevan al límite. Sus caderas se sacuden, sus manos agarran su cabello, y justo cuando está a punto de explotar, ella se aparta, dejándolo temblando. «¿Ves? No eres tan bueno como crees», susurra, pero él no se rinde. La levanta otra vez, la empuja contra la pared, y esta vez no hay juego, solo puro deseo. Sus embestidas son profundas, brutales, y cuando por fin se corre dentro de ella, es con un gemido que parece no terminar. Ella se ríe, satisfecha, sabiendo que esta noche no será la última vez que él querrá probar suerte.