Lia Ponce y Casanova Boliviano en un motel de ensueño
Esa tarde en La Paz, la tensión entre nosotros ya no se aguantaba más. Lia Ponce y yo nos mirábamos de reojo en la oficina, en el ascensor, en cada esquina, hasta que no pudimos resistirlo. Te voy a contar cómo fue: la llevé al motel con la excusa de un café, pero en realidad solo quería arrancarle esa blusa ajustada que marcaba sus tetas perfectas. En cuanto cerramos la puerta, la empujé contra la pared y le metí la mano entre las piernas, sintiendo lo mojada que ya estaba. 'Te lo he imaginado así por semanas', le susurré al oído mientras le mordía el lóbulo, y ella gimió como una perra en celo. La tiré en la cama y le abrí las piernas de una patada, hundiendo la cara en su coño para lamerle el clítoris hasta que se retorcía. 'No pares, cabrón', me rogaba, pero yo quería más: me paré, le levanté las caderas y le metí la polla de una estocada, sintiendo cómo su concha me apretaba hasta las pelotas. En más de 12 minutos de escena, la empotré contra el cabecero, contra la pared, hasta que sus gritos llenaron la habitación. Cuando ya no aguanté más, me corrí dentro de ella, llenándole el coño con mi leche mientras me decía: 'Eres un puto animal, pero me encanta'.