Escucha cómo me corro al ritmo de K-pop
Acercando mis labios a tu oreja, te voy a contar cómo cuatro años de desearte en silencio se convirtieron en un polvo de 42 minutos que me dejó temblando. Desde que te vi en esa clase, no podía sacarte de mi cabeza: tus manos rozando la mesa, tu voz susurrando la letra, mis dedos rozando mi coño bajo el escritorio mientras imaginaba que eras tú quien me penetraba. La tensión era insoportable, hasta que una tarde, con la música a todo volumen, te acorralé contra la pared. Mis caderas se movían al compás de la melodía mientras tu polla entraba y salía de mi coño mojado, haciendo que mis gemidos taparan los beats. Te agarré del pelo, clavando tus dientes en mi hombro, y te ordené que me follaras más fuerte, que me hicieras gritar hasta que el profesor nos escuchara. Tus embestidas me levantaban del suelo, haciendo que mis tetas rebotaran con cada golpe, hasta que sentí tu leche caliente llenándome entera. Ahora cierra los ojos y recuerda mi voz, porque la próxima vez no habrá paredes entre nosotros.