La brasileña letal que humilla a su ex con su cuerpo
La vi entrar al cuarto con esos tacones que siempre odié, los mismos que usaba cuando él la miraba como si fuera su dueña. Sus curvas perfectas, esa piel dorada que brillaba bajo la luz, y esa sonrisa de satisfacción que solo aparecía cuando sabía que alguien sufría por ella. Se acercó a la cama donde él estaba atado, sus pechos firmes rozando su cara mientras le susurraba al oído lo que iba a hacerle. Sus manos, ahora libres, bajaron hasta su coño húmedo, ya mojado de anticipación, y lo frotó contra su boca sin piedad. Él intentó resistirse, pero el cuero de sus botas le apretó la garganta mientras ella se montaba sobre su cara, ahogándolo con su humedad. Sus gemidos llenaron la habitación, cada uno más fuerte que el anterior, mientras sus caderas se movían sin control. Sus dedos se clavaron en su pelo, obligándolo a chupar más profundo, a tragar cada gota de su excitación. Cuando ya no pudo más, se corrió en su boca, marcándolo como suyo otra vez, justo como él había hecho con ella. Su cuerpo tembló, sus muslos apretados contra sus orejas, y su aliento caliente se mezcló con el sudor que le caía por la frente. Él intentó respirar, pero ella no lo dejó, moviéndose más rápido, más fuerte, hasta que su orgasmo lo dejó sin aire. Y entonces, como si nada hubiera pasado, se levantó, limpiándose los labios con el dorso de la mano, dejando su cara llena de su esencia. Él tosió, pero ella solo sonrió, sabiendo que había ganado otra vez.