Drácula me empotró como un vampiro sediento de sangre
Llevaba días mirándome con esos ojos oscuros, como si quisiera devorarme entera. Cada vez que pasaba a mi lado, su mano rozaba mi culo con disimulo, y yo me mojaba sin poder evitarlo. La tensión era insoportable, hasta que una noche me arrastró a la cama y me arrancó el vestido de un tirón. Su polla ya estaba dura, goteando, y la frotó contra mi coño antes de hundirse de una estocada. Gemí tan fuerte que creí que los vecinos me oirían, pero no me importó. Me agarró de las caderas y me embistió como un animal, cada empujón más profundo que el anterior, hasta que sentí sus pelotas golpear mi culo. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, y el sonido de su piel chocando contra la mía llenaba la habitación. Cuando me corrió dentro, gruñó algo en mi oído que me hizo estremecer: "Ahora eres mía, puta mía."