La madura Reagan Foxx me enseñó a durar más... y casi no lo logré
La cocina olía a café recién hecho y el sol de la tarde entraba por la ventana cuando ella apareció en tanga, con esa mirada de desafío que ya conocía. Reagan Foxx, mi madrastra, se apoyó en el mármol y cruzó las piernas, dejando ver ese coño depilado que siempre me volvía loco. '¿Crees que puedes aguantar lo que te voy a hacer, Tyler?', dijo mientras se mordía el labio. No me lo pensé dos veces: me acerqué y le bajé el tanga de un tirón, hundiendo mi cara entre sus piernas. Su coño ya estaba mojado, caliente, y gemía cada vez que mi lengua rozaba su clítoris. Pero ella no se quedó quieta: me empujó contra la mesa y se sentó sobre mi polla, empalándose de una estocada hasta que las caderas chocaron. '¿Ves?', susurró mientras me montaba, 'no eres tan duro como dices'. Agarré sus caderas para marcar el ritmo, pero ella me esquivaba, moviéndose como una diosa, haciendo que mi polla rozara cada rincón de su coño. 'No te corras', ordenó, pero era imposible: sus tetas rebotaban frente a mi cara, sus gemidos se volvían más fuertes, y cuando me incliné para chuparle los pezones, sentí que perdía el control. '¡No pares!', gritó, pero ya era tarde: mi polla se hinchó dentro de ella y me corrí como un animal, llenándola hasta las pelotas mientras ella apretaba su coño alrededor de mi verga. 'Puta', murmuré, pero ella solo sonrió, sabiendo que había ganado la apuesta.