El abuelo James se pajea con la polla dura hasta reventar
No había quien lo frenara hoy: desde que ella le envió esa foto echando fuego, sabiendo que lo volvería loco, el viejo James ya no pudo concentrarse en nada. La polla le late entre los dedos, grande, venosa, con esa piel arrugada que apenas cubre el miembro hinchado. La mano sube y baja, apretando la verga hasta que el glande rojo brilla de humedad, los huevos pesados que golpean contra sus muslos cada vez que acelera el ritmo. Ella lo provingó a propósito, con ese vestidito ajustado que hacía resaltar sus curvas, rozándole el brazo al pasar, sabiendo que tarde o temprano él no aguantaría. Y aquí está, las venas a punto de estallar, los dedos manchados de pre-cum, el calor subiéndole por el cuerpo mientras la polla se endurece más con cada embestida. La piel se estira, los testículos se contraen, y justo cuando suelta un gemido ahogado, el primer chorro de leche caliente salpica su pecho velludo. No se detiene, sigue masturbándose, tirando de esa carne palpitante, sacudiendo el semen caliente que brota entre sus dedos, manchando todo a su alrededor. El viejo James gruñe, las rodillas le tiemblan, pero no para, no hasta que la verga se queda temblorosa, vacía, con el último hilo de esperma pegajoso colgando del agujero. La próxima vez, va a ser ella quien lo pague por provocarlo tanto.