Trabajadora del tren se corre con la polla sudada
La tipa llevaba días observando por la ventana del taller mientras él movía los vagones con esos brazos llenos de tinta y sudor, la camiseta pegada al torso marcando cada músculo. No pudo resistirse más cuando lo vio agacharse para ajustar los rieles, el culo redondo apretando el pantalón de trabajo, las piernas bien abiertas dejando ver ese bulto enorme que le hacía la entrepierna. Se acercó sigilosamente por detrás, le susurró al oído que llevaba semanas imaginando cómo le iba a chupar esa polla gruesa hasta dejarla bien brillante, mientras le pasaba la lengua por el cuello sudado. Él se dio la vuelta de golpe, con una sonrisa pícara y los ojos brillantes de lujuria, y antes de que pudiera reaccionar, ella ya le había bajado el cierre del pantalón dejando al aire esa verga palpitante y empapada de pre-semen. Sin pensarlo dos veces, se arrodilló en el suelo polvoriento del taller, con las rodillas adoloridas pero sin importarle, y se llevó la punta a la boca, saboreando el sabor salado mezclado con ese aroma a hombre trabajador que la tenía mojada como una perra en celo. Él le agarró la cabeza con fuerza, empujando su cara contra su entrepierna mientras le decía que se la chupara bien, que quería ver cómo se le escapaban las babas por esa boquita ansiosa. Ella obedeció, moviendo la lengua en círculos alrededor del glande, sintiendo cómo se le endurecía cada vez más bajo sus labios, hasta que él la agarró del pelo y la levantó de golpe, girándola contra la pared del taller donde los carteles de seguridad colgaban medio rotos. Con un tirón brusco le arrancó las bragas, dejando al descubierto ese coño empapado que ya goteaba sin control, y le metió dos dedos de una sola vez, haciéndola gemir como una loca mientras le mordía el hombro para no gritar. Él se quitó la camiseta enseguida, dejando al aire ese pecho cubierto de vello oscuro y esos pezones duros como piedras, y sin más preámbulos, le separó las nalgas con las manos y le escupió en el culo, preparándola para lo que venía. La agarró por las caderas y se la metió de un solo envite, empalándola contra la pared con una embestida tan profunda que ella soltó un aullido de placer mezclado con dolor, sintiendo cómo esa verga gruesa le llegaba hasta las entrañas. Él no tuvo piedad, moviéndose como un animal en celo, golpeando su culo contra su pelvis con cada embestida, haciendo que los gemidos se le escaparan sin control mientras el sudor les resbalaba por todo el cuerpo. Ella se corrió primero, sacudiéndose como un cable pelado, mojándole toda la verga con su leche espesa, pero él no paró, siguió empotrándola sin piedad, hasta que sintió cómo se le tensaban los huevos y se corrió dentro de ella con un gruñido gutural, llenándole el coño de semen caliente que se le escurría por las piernas cuando por fin la soltó. Se quedaron ahí, jadeando y pegajosos, con el olor a sexo y sudor inundando el taller, sabiendo que esa no sería la última vez que se vieran entre vagones y herramientas.