Inui Isuzu se deja empotrar como una loca
Inui Isuzu no aguantaba más: llevaba días con el coño ardiendo cada vez que veía a su vecino jugando al ajedrez en calzoncillos, sudando como un animal y mordiendo el labio inferior como si fuera su propia polla. Hoy no hubo más excusas, el cinturón de la bata se abrió solo cuando él le susurró al oído que iba a llenarla hasta el fondo, y la muy puta se dejó caer de rodillas en el suelo del salón con la boca bien abierta, tragando cada centímetro de esa verga gruesa que le colgaba como un látigo caliente. Él no perdió tiempo, le agarró de los pelos y le clavó la polla hasta la garganta mientras ella ahogaba gemidos entrecortados por el sudor que le resbalaba por los pechos desnudos, que se balanceaban como campanas al ritmo de las embestidas brutales que le partían el culo en dos. Inui chillaba como una perra en celo, con los muslos temblorosos y el coño empapado que goteaba sobre el sofá, pero él no se apiadaba, seguía empotrandola contra la pared con la fuerza de un toro, haciendo que sus tetas rebotaran como gelatina mientras las manos de ella se agarraban a los muebles para no caer redonda al suelo. Cada vez que la polla entraba hasta el fondo, ella sentía que se le iba la cabeza, los jugos le resbalaban por los muslos y los gritos se volvían más agudos, hasta que él la volteó como un trapo, la puso a cuatro patas sobre la alfombra y le metió la verga por el culo sin aviso, arrancándole un alarido de dolor mezclado con placer que le hizo morder el cojín para no reventar en llanto. La polla le estiraba el agujero como si fuera de mantequilla, el culo se le abría y cerraba al compás de las embestidas salvajes que le dejaban marcas rojas en los cachetes, mientras ella se corría una y otra vez, empapando la alfombra de flujo espeso que le escurría por las piernas. Cuando él por fin se corrió dentro, descargando un chorro caliente tras otro que le llenó las entrañas hasta rebosar, Inui se derrumbó sobre la moqueta, jadeando como un animal exhausto, con la polla aún palpitante dentro mientras le lamía los huevos con la lengua pegajosa y los gemidos se convertían en susurros roncos. El olor a sexo y sudor lo inundaba todo, los cuerpos pegajosos se separaron con dificultad y ella se quedó ahí, con las piernas temblorosas y la mirada perdida, sabiendo que ahora ya no habría vuelta atrás.