Mira cómo se corre esta puta con mi verga gruesa
Ella llegó con esos tacones que le hacen el culo resaltar como si fuera un imán para mis manos y mi boca, mordisqueando el borde de su copa de vino mientras me miraba con esos ojos de perra en celo que ya tenían la leche subiendo por dentro. Le pasé la mano por el muslo, sintiendo la piel erizada bajo mis dedos, y sin aviso le arrebaté el vestido por la cabeza dejando al descubierto unos pechos duros como piedras y unos pezones que parecían clamores por ser chupados. Antes de que pudiera reaccionar, la empujé contra la pared del baño, le arranqué las bragas de un tirón y le metí los dedos en el coño empapado, sintiendo cómo el calor húmedo me envolvía como si fuera un guante ajustado. Ella soltó un gemido profundo, arqueando la espalda mientras yo le lamía el cuello y le susurraba al oído lo puta que estaba por necesitarme dentro ya mismo. Sin más preámbulos, saqué mi verga gruesa y palpitante, bien dura y brillante por la humedad que ya le había sacado a su coño jugoso, y se la clavé hasta el fondo de una sola embestida que la hizo gritar como si la estuviera matando. Las paredes del baño temblaron con los golpes de mi cadera contra su culo, cada embestida más profunda que la anterior, mientras ella se agarraba a la encimera con las uñas clavadas en la madera y su coño se apretaba alrededor de mi verga como si quisiera ordeñarme hasta la última gota. La saqué un momento para que respirara, pero solo para agarrarla de las caderas y darle la vuelta, obligándola a arrodillarse en el suelo frío mientras yo le agarraba la cabeza por los pelos y se la metía hasta la garganta sin piedad. Escupió saliva y gemidos ahogados, con los ojos llorosos y los labios hinchados, mientras yo le llenaba la boca de leche espesa hasta que no pudo tragar más y se le escapó por las comisuras. Pero eso no fue suficiente: la levanté de golpe, la empujé contra el espejo empañado y volví a empalarla por detrás, esta vez con mis dedos enredados en su pelo y mi otra mano apretando su garganta mientras le susurraba obscenidades al oído. El espejo vibró con los golpes brutales de mi verga dentro de su coño, que ya no sabía si era de dolor o de placer, porque los gemidos se le mezclaban con los borrones de los labios y el sudor le corría por la espalda como si estuviera a punto de fundirse. Cuando ya no pudo aguantar más, sus piernas temblaron y un espasmo violento le recorrió el cuerpo mientras se corría gritando mi nombre como una puta desesperada, apretando mi verga con furia mientras yo le llenaba el coño de leche caliente hasta que empezó a gotear por sus muslos y manchó el suelo de blanco espeso. Ella se dejó caer contra mí, jadeando y con la piel pegajosa de sudor y semen, mientras yo le acariciaba el culo aún tembloroso y le susurraba al oído lo bien que le queda ser mi puta personal.