Pechos caídos rozan polla bien dura
El tipo llevaba horas masturbándose en la cama mientras se imaginaba a su vecina del quinto, esa morena de tetas grandes que siempre le guiñaba un ojo en el ascensor. Empezó a manosearse con desesperación, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por el pecho y cómo su polla se ponía más dura que una piedra cada vez que recordaba cómo se le movían esos pechos al caminar. Sin pensarlo dos veces, se quitó la camiseta, dejando al descubierto sus mamas flácidas que colgaban pesadas sobre su barriga abultada, y se acercó a la pared del baño para seguir pajoteándose. La imagen de su mano apretando la verga mientras frotaba los pezones contra la superficie fría lo volvió loco, y no pudo evitar empezar a gemir como un animal en celo. De pronto, su vecina tocó el timbre, pero él ni siquiera se inmutó: siguió masturbándose como si no hubiera mañana, con la polla palpitando y el líquido preseminal escurriendo por toda la longitud. Cuando ella entró sin permiso, lo encontró de espaldas, con las nalgas apretadas y los pechos rebotando cada vez que se movía, y la morena no pudo evitar soltar un gemido de sorpresa al verlo así, tan cachondo y sin vergüenza. Él la agarró del pelo y la empujó contra el espejo, obligándola a mirar cómo se masturbaba frente a ella mientras sus tetas caídas le rozaban la polla cada vez que se inclinaba hacia adelante. Ella, aunque al principio se resistió, terminó excitándose al ver cómo la verga se le ponía roja y gruesa, y sin poder evitarlo, se arrodilló frente a él para lamerle los huevos antes de tragárselo entero. Los gemidos se mezclaron con los golpes de su verga contra su garganta, y él no tardó en correrse con un rugido, disparando chorros calientes por toda su cara mientras sus pechos le rozaban la polla una y otra vez hasta dejarla completamente cubierta de semen.