La monja pecadora se entrega a la lujuria prohibida
La hermana María llevaba meses sintiendo un calor insoportable entre las piernas cada vez que el sacerdote le dirigía la palabra con esa voz grave y penetrante. Un día, en la sacristía oscura, sus miradas se encontraron y todo se desató. Ella, con el hábito levantado hasta la cintura, dejó que él le metiera los dedos en el coño mojado mientras le susurraba obscenidades al oído. La polla dura del sacerdote le rozaba el culo mientras le chupaba los pechos con fuerza, haciendo que gimiera sin control. De pronto, la empotró contra la pared, clavándole la verga hasta el fondo mientras ella le arañaba la espalda. El sonido de sus cuerpos chocando llenó el aire, y cuando él le arrancó la ropa interior, supo que no había vuelta atrás. La monja, convertida en una puta desesperada, le rogó que le llenara el coño de leche caliente. Él obedeció, corriéndose dentro de ella con un gemido gutural mientras ella se retorcía de placer. Al final, ambos quedaron exhaustos, sabiendo que este pecado sería su secreto más sucio.