Andrea Helena me recibe con la boca bien abierta
Andrea Helena no perdió ni un segundo cuando entré en la habitación, se tiró de rodillas sobre la alfombra y me agarró la verga con las dos manos sin avisar. La tenía tan dura que le latía en los dedos y le escupí un chorro de saliva en la punta antes de que se la llevara al fondo de la boca. La puta gemía con la verga dentro, los labios bien estirados alrededor del tronco, la lengua moviéndose como loca mientras me ahogaba en su boca caliente. Nekita, que no se quedó atrás, se acercó por detrás y le subió el vestido hasta la cintura para dejarle el culo al aire, blanco y tembloroso, con las nalgas bien redonditas marcadas por la tanga negra que le arrancó de un tirón. Andrea, con la boca llena, solo pudo soltar un gruñido ahogado cuando Nekita le escupió en el coño empapado y le metió dos dedos de golpe, haciendo que se le mojara más la entrepierna y los muslos resbaladizos. Yo, sin poder aguantar más, la agarré del pelo y le empecé a empotrar la polla en la garganta mientras Nekita le lamía el clítoris con movimientos circulares, haciéndola gritar con la verga hasta que se le corrió un hilo de babas por la barbilla. Andrea se vino con un espasmo brutal, el coño le temblaba como gelatina y los jugos le resbalaban por los muslos mientras yo le llenaba la boca hasta el fondo, sintiendo cómo se le hinchaba la garganta con cada embestida. Nekita, que ya estaba más que excitada, se subió encima de ella en plan perrito y se la metió de una sola vez, empalándola contra el suelo mientras Andrea aullaba de placer con mi leche aún goteando de los labios. Las embestidas eran tan fuertes que el sofá crujía y los cojines se deslizaban por el suelo, pero a nadie le importaba porque el olor a sexo y sudor lo inundaba todo. Nekita le clavaba las uñas en las caderas mientras Andrea se retorcía entre gemidos, los pechos aplastados contra la alfombra y el culo levantado como un trofeo, listo para recibir cada sacudida. Yo, que ya me había corrido dos veces, me acerqué a Nekita por detrás y le metí los dedos en el coño desde atrás, sintiendo cómo se le contraía todo mientras Andrea, con la cara roja y los ojos vidriosos, no podía ni respirar de lo intenso que era. Al final los tres nos derrumbamos en el suelo, jadeando, las piernas temblorosas y los cuerpos pegajosos de sudor y leche, pero aún con ganas de más porque cuando se trata de follar, ninguno de los tres tiene suficiente.