Río embravecido llena de leche su coño mojado
El sol quemaba la piel de ella mientras se desnudaba entre los juncos del valle, su cuerpo blanco brillando como el agua clara que corría cerca. Él llegó sin avisar, con la polla dura apuntando hacia adelante como un machete afilado listo para cortar la tensión que los quemaba a los dos. Sin pensarlo dos veces, ella se agachó sobre la hierba húmeda, separando sus nalgas con los dedos para que él viera cómo su coño chorreante pedía a gritos que la empalaran sin piedad. La primera embestida la hizo gritar como una perra en celo, su coño apretando la verga gruesa que la llenaba hasta el fondo mientras él le agarraba las tetas con fuerza para no ceder al impulso de correrse al instante. Las gotas de sudor caían desde su frente sobre la espalda de ella, mezclándose con los juncos pisoteados mientras sus caderas se movían al ritmo salvaje de sus cuerpos chocando una y otra vez. Ella gemía como una puta en celo, mordiendo la hierba para no ahogar los gritos que le salían del fondo de la garganta cada vez que él le metía hasta la raíz, haciendo que su coño palpitara con espasmos de placer incontrolables. Los muslos de ella se llenaron de barro y hierba, pero no le importaba, porque solo sentía el calor de su verga quemándole las entrañas mientras él la embestía con más fuerza, como si quisiera romperle el culo de tanto meterla. Él gruñía como un animal, sus pelotas golpeando contra sus nalgas cada vez que la penetraba con saña, mientras ella se retorcía de placer con los ojos en blanco, su coño ya empapado de jugos que resbalaban por sus muslos hasta manchar la tierra bajo sus rodillas. Cuando él sintió que su leche hervía dentro de las pelotas listas para explotar, la agarró del pelo y la obligó a arrodillarse para que pudiera ver cómo su verga gruesa se sacudía al correrse, rociando su coño abierto con chorros espesos que le caían por los muslos y le dejaban el coño bien lleno de semen caliente. Ella se lamió los labios, saboreando el líquido salado que le goteaba de la polla flácida antes de tumbarse boca arriba sobre la hierba, con las piernas abiertas y el coño chorreando leche, mientras él se dejaba caer a su lado, jadeando como un perro después de correr tras una presa. Los dos quedaron en silencio, escuchando el río correr mientras sus cuerpos se enfriaban y sus alientos se normalizaban, pero el olor a sexo fresco y hierba pisada seguía flotando en el aire como prueba de que, por unos minutos, habían sido animales salvajes sin nada más que su lujuria como ley.