La doctora me mete la pera enema y me relaja
La doctora me recibió en su consultorio con bata blanca y sonrisa de zorro hambriento, pero nadie me advirtió que ese examen sería el inicio de un viaje al infierno del placer. Me dijo que era parte del chequeo rutinario y que me iba a revisar el culo bien profundo, pero sus dedos ya estaban buscando algo más que hemorroides en mi expediente. Sentí el plástico frío de la pera contra mi piel antes de que la muy puta me ordenara agacharme sobre la camilla, con las piernas temblorosas y el coño ya empapado sin querer. El primer chorro de agua tibia me quemó por dentro como lava, pero su voz susurrante me dijo que respirara hondo y que aguantara, que esto solo era el principio. Mientras me retorcía de vergüenza y excitación, ella me explicó con voz de profesora perversa que el enema era para limpiar el intestino, pero sus manos jugaban con mi polla medio dura cada vez que me quejaba. El agua seguía entrando, estirando mis paredes internas hasta que ya no supe si quería gritar o gemir, porque el dolor se mezclaba con un placer sucio que me hacía apretar los dientes y humedecer más mi coño de vergüenza. Cuando por fin solté todo el líquido, el alivio fue instantáneo, pero ella no me dejó descansar: me ordenó que me diera vuelta y me pusiera de rodillas, con el culo bien abierto para que viera cómo se le ponían los ojos brillantes al contemplar mi agujero rojo e hinchado. Sin aviso, me empujó la pera dentro del culo hasta el fondo y comenzó a bombear con fuerza, mientras su otra mano me masturbaba como si estuviera castigando mi verga por ser tan traicionera. Los gemidos se me escapaban entrecortados, mezclados con los sonidos húmedos de su dedo entrando y saliendo de mi culo al ritmo de las embestidas brutales de la pera. Sentí cómo el agua me llenaba por dentro una y otra vez, hasta que ya no supe si me estaba limpiando o preparando para algo peor, porque sus palabras obscenas me aseguraban que esto era solo el calentamiento. Cuando por fin me ordenó correrme, fue como si un volcán estallara en mi interior: la doctora me agarró la polla con fuerza y me masturbó hasta que el semen voló por todo el consultorio, manchando su bata y el suelo mientras yo me deshacía en espasmos, con el culo ardiendo y el coño más mojado que nunca. Ella se limpió las manos en su falda, me guiñó un ojo y me dijo que volviera pronto, que el próximo examen incluía algo más 'interesante'.