Chica mojada se mea en la playa pública
Era la una de la tarde y el sol quemaba tanto que hasta las olas parecían sudar, pero ella seguía allí, con el bikini blanco tan empapado que se le transparentaba cada curva del coño. La muy puta no llevaba nada debajo y los pezones se le marcaban como dos balas duras, mientras se retorcía los muslos para aguantarse las ganas de mear. Al verme llegar con la toalla bajo el brazo, abrió las piernas sin pudor y dejó escapar un chorro fino pero constante que le resbaló por las nalgas hasta empapar la arena a sus pies. La muy zorra gemía bajito, mordiéndose el labio inferior mientras se acariciaba el clítoris con los dedos mojados de su propia meada, excitada por el riesgo de que algún desconocido la descubriera. Cuando me acerqué, se giró de golpe y me enseñó su coño depilado y brillante, con los labios hinchados y una gota de orina colgando del coño antes de caer sobre su muslo. Sin decir ni una palabra, me agarró de la polla por encima del bañador y me empujó hacia el puesto de duchas públicas, donde el agua tibia mezclaba el olor a salitre con el de su meada reciente. La empujé contra la pared fría y le arranqué el bikini de un tirón, dejando al descubierto unas tetas pequeñas pero firmes que saltaban con cada embestida que le metía sin piedad. Ella chillaba como una loca, con la espalda pegada a los azulejos y las piernas temblorosas, mientras yo le llenaba el coño de leche espesa que le resbalaba por las piernas hasta mezclarse con la orina que aún le goteaba del coño. Cuando por fin se corrió, se dejó caer al suelo de la ducha, jadeando y con la cara roja de vergüenza mezclada con el placer más sucio que había sentido en años, mientras yo me limpiaba la polla con su bikini destrozado y me alejaba sin mirar atrás.