En Brasil me encontré a Benjaviano y no pude resistirme a su culo
Esa noche en Río, el aire olía a sudor y lujuria, y yo ya llevaba semanas imaginando cómo sería meterle la polla a ese putito que me miraba con ojos de hambre. Benjaviano Lozano se movía entre la multitud con su cuerpo delgado pero firme, los abdominales marcados brillando bajo las luces del carnaval, y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía que me iba a reventar los pantalones. No aguanté más: lo arrastré a mi habitación, donde lo empujé contra la pared y le arranqué el short con los dientes, dejando al descubierto ese culo prieto que tanto había deseado. Le metí los dedos hasta que gimió como una perra en celo, y cuando ya no pudo más, lo tiré en la cama y le abrí las piernas de una patada. Mi verga entraba y salía de su agujero mojado con un sonido obsceno, cada embestida más fuerte que la anterior, hasta que le agarré el pelo y le ordené que me chupara los huevos mientras me corría en su cara. Al terminar, me miró con una sonrisa pícara y me dijo: '¿Y ahora qué, macho? ¿O ya te cansaste de mí?'