Dos asistentes calientes se dejan empotrar en la oficina
La rubia se mordía el labio inferior mientras le bajaba la cremallera a Rocco con las uñas pintadas de rojo sangre, sus tetas grandes y pesadas rebotando bajo la blusa de seda que ya no importaba rasgar. La morena, con sus curvas de infarto marcadas por un tanga de encaje negro y un piercing en el ombligo, se arrodilló en el suelo de mármol frío sin esperar un segundo más, abriendo bien la boca para recibir aquella polla monstruosa que ya goteaba gotas espesas de pre-semen. Mientras una le chupaba con desesperación, hundiendo las mejillas mientras los gemidos ahogados se le escapaban por la garganta, la otra se agachó sobre el escritorio de roble, levantando ese culito redondo y tatuado que parecía pedir a gritos que la empalaran sin piedad. Rocco no perdió tiempo: agarró a la morena por las caderas con sus manos grandes y la clavó de un solo empujón, haciendo que sus tetas golpearan contra el cristal del ventanal que dejaba ver a medio edificio, y ella soltó un chillido de dolor mezclado con placer que resonó por toda la oficina vacía. La rubia, con la boca llena de carne palpitante, no pudo resistirse y se corrió al instante, sintiendo cómo el semen caliente le resbalaba por la comisura de los labios mientras seguía tragando con avidez, los ojos llorosos pero sin dejar de mirar a Rocco como si fuera su dios. Mientras tanto, la morena se retorcía sobre el escritorio, su coño bien mojado empapando el papel que tenía debajo, cada embestida haciendo que su culo se moviera de un lado a otro como si fuera una muñeca de trapo, sus gemidos cada vez más fuertes hasta que no pudo aguantar más y se corrió a chorros, mojando toda la mesa. Rocco, lejos de detenerse, cambió de posición y la levantó por las piernas, hundiéndose en su culo apretado mientras la rubia se ponía de rodillas frente a él, lista para recibir su leche en la boca. Los dos cuerpos sudorosos se movían al unísono, las tetas de ella rebotando sin control, el olor a sexo y perfume barato llenando el aire mientras las corridas se mezclaban entre sus piernas abiertas. Cuando por fin Rocco explotó dentro de la morena, el semen le brotó a borbotones por el culo, resbalando hacia abajo mientras la rubia se limpiaba los restos de leche de la cara con la lengua, sin desperdiciar ni una gota. Los tres acabaron tirados en el suelo, jadeando, con las piernas temblorosas y el corazón a mil por hora, sabiendo que esto no sería más que el principio de sus juegos en la oficina.