Masajista depilada entra sin permiso y la empotra sin piedad
Avery Lust estaba en su casa relajada, con los muslos bien abiertos y la tanga empapada de tanto acariciarse mientras se corría con los dedos, cuando escuchó el timbre. Abrió sin mirar y se encontró con un masajista con sonrisa de depravado y una polla que le llegaba a la garganta. El tipo no esperó ni un segundo, la agarró por las caderas y la lanzó contra el sofá, arrancándole el tanga de un tirón mientras le escupía en el culo para que entrara más fácil. Ella solo alcanzó a gemir cuando sintió cómo su verga enorme le abría el coño de un empalamiento brutal, clavándosela hasta las entrañas desde el primer envite. El masajista no tenía piedad, la embestía con fuerza animal, cada embestida le hacía botar las tetas y sacudirle el culo como gelatina, mientras ella chillaba de placer y dolor mezclado, con los labios pegados a los cojines para no ahogar sus gritos. Él le metió dos dedos en la boca para que se callara, pero solo le sirvió para que se los chupara con fuerza mientras le clavaba su gruesa polla por el culo, que ya estaba caliente y bien abierto. Avery no podía ni respirar, solo sentir cómo cada embestida le llegaba al estómago, cómo su cuerpo se estremecía con cada golpe de cadera y cómo el masajista le susurraba al oído lo puta que era por recibirlo así, sin protección y sin piedad. Cuando por fin él decidió que era hora, la levantó en vilo, le metió la verga hasta el fondo y se corrió dentro de ella con un gruñido bestial, llenándole las entrañas con chorros espesos que le hacían temblar las piernas. Ella se quedó tirada en el sofá, con el coño y el culo bien abiertos, goteando por todos lados mientras el tipo se limpiaba la polla con un trapo y se vestía con calma, como si nada hubiera pasado. Pero Avery sabía que esa noche no olvidaría el masaje, ni la polla que la dejó sin aliento, ni el culo que le quedó rojo y marcado de tanto empotramiento.