Polla bien dura empotrando a la puta en vegas
La noche en Vegas ardía con ese calor pegajoso de casino que te hace sudar hasta el alma, pero nada se comparaba con el pedazo de carne que llevaba entre las piernas después de dos whiskies y un par de miradas que me quemaban la ropa. Ella, con ese vestido negro pegado como una segunda piel, se mordía el labio inferior mientras me arrastraba hacia el baño de los borrachos, donde el olor a cerveza rancia y desinfectante no lograba tapar el aroma a coño húmedo que ya me tenía la polla a punto de reventar. Sin perder ni un segundo, le levanté el vestido hasta la cintura, le arranqué el tanga de un tirón y la empujé contra el lavabo, haciendo que su culo redondo y prieto se agitara frente a mí como un imán. Con una mano le agarré el pelo para que no escapara y con la otra le escupí directamente en la polla, viendo cómo se le ponía más dura que el mármol del lavabo. Antes de que pudiera protestar, ya se la metí hasta la garganta, ahogándola con mis embestidas mientras sus gemidos se ahogaban entre toses y babas espesas. Ella se dejó caer de rodillas, pero no por respeto, sino porque ya no podía aguantarse, y con una sonrisa de puta satisfecha me agarró la verga con las dos manos para metérsela hasta donde le cabía, tragando cada centímetro como si fuera su último trago antes de ahogarse. La puse de espaldas contra la pared, le abrí las nalgas con las dos manos y se la metí por el culo sin piedad, sintiendo cómo su apretado agujero se resistía al principio pero luego se abría como una flor podrida, dejando que mi polla entrara hasta el fondo con un sonido húmedo y sucio. Cada embestida le arrancaba un quejido ronco, sus uñas se clavaban en la pared mientras yo la empotraba contra los azulejos fríos, sintiendo cómo su coño ya chorreaba sin control. Cuando por fin se corrió, fue con un grito agudo que resonó en el baño vacío, su cuerpo temblando como gelatina mientras yo le llenaba el culo de leche espesa, sintiendo cómo su apretado culito se contraía alrededor de mi verga en cada chorro caliente. Salí de ella con la polla chorreando, pero ella no se quedó quieta: se dio la vuelta, me agarró la cabeza y me metió la polla empapada en su boca otra vez, lamiendo hasta la última gota de semen mientras gemía como una perra en celo.