Rubia anal empotrada en la cocina con verga
La rubia de curvas perfectas no aguantó más cuando él le arrancó la bata y le dejó el culo al aire, brillando bajo la luz de la cocina como si estuviera empapado en aceite. Con las tetas rebotando al ritmo de cada embestida, ella soltó un gemido que le salió desde lo más profundo del pecho mientras él le metía los dedos en la boca para que chupara con fuerza mientras le clavaba la polla hasta el fondo. El sonido húmedo de los choques entre su culo prieto y la verga dura resonaba por toda la casa, mezclándose con los gritos de ella pidiendo más, más duro, que no parara ni un segundo. Él la agarró de las caderas con fuerza y la empujó contra la encimera, haciendo que su coño chorreante se frotara contra el mármol frío cada vez que la embestía, dejando marcas rojas en su piel blanca donde sus uñas se clavaban sin control. La rubia no era una cualquiera, sabía mover ese culito como una experta, apretando el esfínter cada vez que él se retiraba para después soltarlo con un gemido que le erizaba la piel a cualquiera que lo escuchara. Cuando él le ordenó que se arrodillara en el suelo lleno de migas de pan, ella no dudó ni un segundo, abrió la boca de par en par y se dejó llenar la garganta con esa verga gruesa que le llegaba hasta la campanilla, ahogándose un poco pero sin apartarse ni un milímetro. Él no perdonó ni un centímetro, cada embestida le llegaba hasta el útero, haciendo que sus piernas temblaran y una gota de baba le cayera por la barbilla mientras intentaba tragar sin éxito. El olor a sexo y a coño mojado inundaba el ambiente, mezclado con el sudor que les resbalaba por todo el cuerpo mientras la escena se volvía más salvaje con cada segundo que pasaba. Cuando ella notó que él estaba a punto de correrse, se dejó caer hacia adelante sobre sus codos, presentando ese culo redondo y perfecto para recibir la leche caliente que le iba a llenar por dentro sin protección, sintiendo cómo cada chorro le quemaba las entrañas mientras gritaba como una puta en celo. La rubia se quedó tirada en el suelo, con las piernas abiertas y el coño goteando, mientras él se limpiaba la polla con la servilleta de papel antes de abrocharse el pantalón como si nada hubiera pasado.