La hermanastra nueva con el culo parado en anal
La muy zorra no paraba de mover ese culito redondo cada vez que pasaba frente a mí con esos shorts ajustados que le marcaban hasta el coño. Le tiré un par de miradas de esas que queman y ella me sonrió con cara de puta que quiere más, así que no me lo pensé dos veces y la agarré del pelo para acercarla a mi boca mientras le metía los dedos entre las piernas para sentir lo mojada que estaba. Sin avisar, la empujé contra la pared del pasillo, le bajé los pantalones sin piedad y le escupí en el culo antes de clavarle la polla hasta el fondo sin lubricante, porque a esta loca le encanta el dolor mezclado con el placer. Ella gritó como una perra en celo, arqueando la espalda para recibir cada embestida más fuerte, sus tetas rebotando contra el mueble de la entrada mientras yo le agarraba las nalgas bien abiertas para empotrarla más hondo. Cada vez que la llenaba hasta la garganta gemía con voz de puta barata, su coño chorreando por los muslos mientras el culo le ardía pero no quería que parara. La giré de golpe, la senté en el borde de la mesa del comedor y le abrí las piernas de par en par para ver cómo se le hinchaba el clítoris mientras le metía tres dedos sin aviso, haciéndola gritar y maldecir entre dientes. La polla le resbalaba de lo empapada que estaba, así que la levanté en peso y la dejé caer sobre mi regazo, sintiendo cómo su culo fresco se amoldaba a mis embestidas brutales mientras ella se dejaba hacer como la zorra sumisa que es. Cuando ya no pudo aguantar más, se aferró a mis hombros, sus uñas clavándose en mi piel mientras su coño se contraía en espasmos y un chorro de leche le brotaba del coño, mojándome los huevos, mientras el culo le temblaba al correrse sin control. No contenta con eso, me pidió que no me detuviera, que quería más, así que la tumbé boca abajo en el sofá y le levanté las caderas para seguir metiéndosela hasta que gemía como una loca, su culito rojo y brilloso por el sudor y el esfuerzo, hasta que por fin me dejé llevar y le disparé la leche bien caliente hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía cada vez que descargaba hasta la última gota dentro de su culo hambriento. La muy viciosa se quedó ahí, jadeando, con las piernas temblorosas y la boca llena de babas, mientras le limpiaba los muslos con la lengua antes de darle un cachete en el culo y mandarla a la ducha a lavarse los restos de mi corrida que le goteaban por las piernas.