Suegra india se deja empotrar duro por su hermanito
La suegra llevaba el sari ajustado como si fuera un guante, mostrando sus tetas grandes que rebotaban cada vez que caminaba por la casa. Él, el hermanito flaquito pero con una verga que le llegaba a la rodilla, no podía quitarle los ojos de encima a ese culo prieto y esa raja rosada que se le marcaba con cada movimiento. Cuando ella se agachó a recoger el plato que se le cayó al suelo, el muy sinvergüenza no lo pensó dos veces: le agarró las caderas con fuerza y se la clavó por detrás sin avisar. Ella soltó un gemido ahogado, mezclando sorpresa y placer, mientras él le metía los dedos en la boca para que le chupara las yemas mientras le abría el coño a lametones lentos y profundos. El sabor a miel y sudor lo enloqueció, así que la volteó boca arriba sobre la mesa de la cocina, le arrancó el sari de un tirón y se la empotró en plan bestia, sintiendo cómo su raja se le chupaba la polla sin piedad. Ella, con las tetas rebotando como si fueran dos sandías maduras, le rogaba que no parara mientras él le metía los dedos en el culo para prepararla para más. Cuando ya no pudo aguantar, la agarró del cuello con una mano y con la otra le apretó las tetas mientras le metía la verga hasta el fondo, haciéndola gritar como una loca. Él se corrió dentro de ella con un rugido animal, llenándole el coño de leche espesa que le chorreaba por las piernas mientras ella se retorcía de placer, pidiendo más sin importarle que su marido pudiera escucharla desde el salón. La suegra quedó con las piernas temblorosas, el maquillaje corrido y el coño empapado, pero lo peor fue cuando él le susurró al oído que esto solo había sido el calentamiento para lo que venía después.