La puta latina chupa polla como nadie en la fiesta
Desde que llegó a la casa con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva del culo prieto y esos tatuajes que le bailaban en la piel morena, no paraba de mirarla con los ojos vidriosos mientras se pasaba la lengua por los labios pintados de rojo. El primero en ceder fue él, el cornudo de turno, que no pudo resistirse cuando ella se agachó lentamente frente a su bulto abultado y le agarró la polla dura con las dos manos, apretando los dedos alrededor del tronco grueso mientras le sacaba hasta la punta con un movimiento lento y provocador. La verga palpitaba con cada latido del corazón, roja y brillante, y ella no pudo evitar soltar un gemido ronco antes de abrir bien la boca y engullirla hasta la garganta, sintiendo cómo la cabeza le rozaba el fondo de la boca mientras las lágrimas le brotaban de los ojos por el esfuerzo. Él le agarró la coleta con fuerza y la empujó más abajo, hundiéndosela hasta la raíz mientras ella tragaba saliva y los mocos le resbalaban por la barbilla, pero no se quejó, solo siguió lamiendo y chupando con esa avidez que solo tienen las putas que saben lo que valen. El sabor salado del pre se mezcló con el sabor a coño mojado de ella, que ya se había metido dos dedos entre las piernas y se frotaba el clítoris hinchado sin pudor, gimiendo como una cerda en celo mientras el líquido le resbalaba por los muslos. Cuando él la agarró por las caderas y la levantó en el aire, ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura y se dejó caer sobre la polla con un golpe seco que le hizo aullarle al techo, sintiendo cómo la verga le partía las paredes internas del coño sin piedad. La empaló contra la pared de la sala de estar, donde los demás swingers se masturbaban viendo cómo el culo le temblaba con cada embestida brutal, las nalgas redondas rebotando como gelatina mientras él la penetraba sin misericordia, arrastrando la polla hasta casi sacarla antes de clavársela de nuevo hasta el fondo, haciendo que a ella se le escapara un grito agudo que se mezcló con los gemidos de los otros. El sudor le corría por la espalda tatuada, los pechos rebotaban libres bajo el vestido rasgado, y cada vez que la polla le golpeaba el punto G, ella se corría con espasmos violentos que le sacudían todo el cuerpo mientras el coño le escupía jugos por todas partes. Él no se detuvo ni un segundo, le dio la vuelta y la puso a cuatro patas sobre el sofá, agarrándole el culo con las dos manos para abrirle las nalgas y ver cómo la verga desaparecía entre ellas, empalándola por el culo con un crujido húmedo que los dejó a todos boquiabiertos. La puta gritó como una posesa, pidiendo más, más duro, más rápido, mientras él le clavaba los dedos en las caderas y la embestía con tanta fuerza que el sofá se desplazaba cada vez que la embestía. Cuando por fin se corrió dentro de ella, la polla le disparó un chorro espeso que le llenó las entrañas, y ella se dejó caer sobre el vientre, jadeando y con los muslos pegajosos de leche y jugos, mientras los demás no podían evitar correrse también al ver la escena de esa colegiala putona que no paraba de gemir ni un segundo.