Mi cuñado colombiano me mira en la piscina y me pide que lo folle
Llevaba días sintiendo su mirada ardiente cada vez que me bañaba en la piscina del jardín, mordisqueando su labio inferior con esos ojos oscuros que me taladraban la piel como si supiera que bajo mi bikini ajustado se escondía un coño que pedía a gritos ser reventado. Un mediodía, mientras mi hermanastra se fue de compras, él se acercó con esa polla gruesa y morada asomando bajo el short, rozando su muslo contra el mío mientras me susurraba al oído que quería sentirme por dentro. Sin pensarlo dos veces, le agarré el paquete con los dedos y le sentí gotear precaliente, esa verga palpitando contra mi palma mientras le chupaba la punta hasta dejarla brillante de saliva. En menos de un minuto estábamos desnudos sobre las baldosas de la terraza, mis tetas pesadas rebotando mientras él me empotraba a cuatro patas con ese culo prieto pegado a su entrepierna, golpeándome el coño mojado con cada embestida que me hacía gemir como una puta en celo. Su verga gruesa me reventaba por dentro, estirando mis paredes hasta que no aguanté más y me dejé caer sobre su regazo para cabalgarlo al revés, sintiendo cómo su glande rozaba ese punto que me vuelve loca cada vez que me la clava hasta el fondo. Los azulejos fríos de la piscina nos resbalaban bajo la piel sudorosa mientras él me agarraba de las caderas para clavármela más fuerte, su respiración entrecortada mezclándose con mis gritos ahogados en el agua que salpicaba alrededor. Sentí su leche espesa invadiéndome el coño cuando se corrió dentro, llenándome por completo hasta que noté cómo su leche se escurría entre mis piernas mientras yo seguía contrayendo los músculos para no perder ni una gota, sus dedos hundidos en mis nalgas para mantenerme bien empalada hasta que el último espasmo lo dejó exhausto y tembloroso encima de mí.