Adorable jovencita con culazo folla sin parar para creampie
La morrita de diecinueve recién cumplidos llegó a la audición con una sonrisa tímida pero unos labios que prometían pecado y un culo que rebotaba como gelatina cada vez que se movía. Desde el primer momento en que se quitó la blusa y dejó al descubierto unas teticas redonditas y firmes, él supo que no aguantaría ni dos minutos sin enterrarle la polla hasta el fondo. Ella, aunque novata en esto de grabar, no se cortó un pelo al soltar un gemido agudo cuando él le agarró las caderas con fuerza y le deslizó los dedos entre los muslos para comprobar lo empapada que estaba su conejita. 'Está como una sopa', gruñó mientras le separaba las nalgas con las manos, admirando cómo el coño rosadito se abría como un capullo listo para ser penetrado. Sin perder tiempo, se la empotró de pie contra la pared del estudio, con los tacones aún puestos y el vestido arremangado hasta la cintura, sintiendo cómo su carne joven y prieta abrazaba cada embestida con un calor que casi quema. Ella chillaba como loca cada vez que él le golpeaba el culo con los huevos, pidiéndole más fuerte, más rápido, mientras sus uñas se clavaban en los hombros del tipo como si quisiera marcarlo. El sonido de la piel chocando contra piel resonaba en la habitación junto con los gruñidos masculinos y los jadeos femeninos, que se volvieron más agudos cuando él le dio la vuelta y la tiró boca abajo sobre el sofá, levantándole el culo para darle en el punto justo. '¡Sí, así, métemela toda, cabrón!' le rogó ella entre dientes, con la cara enterrada en los cojines y las piernas temblando de anticipación. Él no necesitó más invitación: con un tirón brusco le arrancó las bragas de encaje y le metió la verga hasta las bolas de una sola estocada, haciendo que su coño respingón se estremeciera alrededor del grueso miembro. Las embestidas se volvieron brutales, sin piedad, mientras ella se agarraba a los bordes del mueble con los nudillos blancos y el aliento entrecortado. Cuando él le advirtió con voz ronca que se iba a correr dentro, ella se retorció de placer, sintiendo cómo el primer chorro de leche espesa le llenaba las entrañas y le resbalaba por los muslos, dejando su interior bien marcado y satisfecho. Los últimos espasmos de su orgasmo hicieron que se derrumbara sobre el sofá, con el culo en pompa y la espalda encharcada en sudor, mientras él le sobaba las nalgas con una mano y se sacaba la polla aún palpitante para ver cómo goteaba el último resto de semen. Ella, exhausta pero con una sonrisa perezosa, se lamió los labios y susurró un 'otra vez' antes de que él, aún duro como una piedra, volviera a atraparla por la cintura para repetir la faena.