Mi culito apretado no aguanta más la polla enorme de mi hermanastro
Desde que cumplí los dieciocho, él me mira con esos ojos de lobo hambriento cada vez que me pongo esos shorts que me aprietan el culo como un guante, y hoy no pudo resistirse más. Me agarró por la cintura con esas manos grandes que parecen hechas para marcar carne, me dobló contra la pared del pasillo y sin aviso me arrancó el tanga de un tirón, dejando mi coño ya mojado al aire libre mientras su gruesa verga se frotaba contra mi raja. Grité cuando la punta resbaladiza de su polla gruesa se clavó en mi entrada anal sin piedad, estirándome hasta el límite con embestidas lentas pero brutales que me hacían gemir como una puta en celo mientras mis uñas se hundían en la madera del mueble. Él no se conformó con un polvo rápido: me levantó en volandas, me apoyó en el borde de la mesa de la cocina y se enterró hasta la raíz en mi culo bien prieto, sintiendo cómo mis paredes internas se quejaban pero al mismo tiempo se ablandaban para recibirlo, lubricadas por el sudor y el pre que ya me corría entre las piernas. Cada embestida sonaba como un azote húmedo, mezclado con mis gritos agudos y el sonido de su carne chocando contra la mía, mientras sus dedos se enredaban en mi pelo para obligarme a arquear la espalda y ofrecerle mejor acceso a mi culito que no paraba de abrirse alrededor de su verga monstruosa. Cuando por fin me llenó con su leche espesa, sentí cómo mi agujero se abría como nunca antes, dejando escapar chorros de leche caliente que resbalaban por mis muslos mientras yo seguía temblando, con la boca abierta y los ojos vidriosos de placer, sin fuerzas siquiera para apartarme de esa polla que me había convertido en una puta obediente de su verga. Hasta el último segundo, él siguió empotrandome sin compasión, ordeñando cada gemido de mi garganta hasta que no quedó ni gota de semen dentro de mí, dejando mi culo bien marcado y mi coño aún más necesitado de más.