Colombiana de culo grande chupa la polla como nadie
Lleva toda la tarde mordisqueándose el labio mientras le mira el bulto por encima de la mesa, pero hoy no se aguanta más y le agarra de la camiseta para arrastrarlo hasta el sofá de la sala. Él se deja caer con la verga ya dura como una roca, palpitando bajo el pantalón ajustado, y ella ni siquiera espera a que se quite los jeans: le baja el cierre de un tirón y saca esa gruesa verga morada que late contra su mano temblorosa. Con los ojos brillantes de lujuria, se lanza a chupársela sin piedad, rodeándole el glande con los labios carnosos y deslizando la lengua por toda la raja hasta que él gruñe y le enreda los dedos en el cabello suelto. Su culo redondo se balancea sobre los talones mientras le mete y saca la polla de la boca, ahogándose con el sabor salado que le llena la garganta, pero ni eso la detiene: quiere más, necesita que se corra en su boca para luego empalarse con ese coño bien mojado que ya gotea entre sus muslos. Cuando él le agarra de las caderas y la levanta como si no pesara nada, ella se ríe con la boca llena y le susurra que la empotre contra la pared, que quiere sentir esa verga gruesa reventándole el coño hasta dejarla sin aliento. La sisa del vestido se rasga al instante cuando él le arranca la tela para morderle los pezones duros como piedras, mientras con la otra mano le abre bien las nalgas para que la punta de su polla encuentre el coño empapado sin perder tiempo. La embestida es brutal, profunda, y ella grita con la mejilla pegada a la pared mientras él le clava los dedos en las caderas, marcándole la piel con cada empujón que la arrastra más cerca del orgasmo. Los gemidos llenan la sala, mezclados con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, el olor a sexo y sudor que flota en el aire mientras él acelera el ritmo hasta que ella se corre con un espasmo que le hace temblar las piernas y apretarle la verga como un tornillo, arrastrándolo consigo en un clímax que los deja jadeantes y pegajosos sobre el sofá, con sus cuerpos entrelazados y los fluidos mezclándose en un charco bajo sus caderas. La colombiana se queda quieta un momento, jadeando, con los labios hinchados y el pelo revuelto, mientras él le acaricia la espalda sudorosa antes de volver a enterrársela hasta el fondo, porque hoy no piensa parar hasta que ambos queden satisfechos y exhaustos.