La morra se deja empotrar sin piedad en el brawl
Desde que la vi por primera vez en el bar del barrio, con esa minifalda que apenas le tapaba el culo y los pezones marcándosele bajo la blusa ajustada, supe que iba a ser mía. La invité a jugar un rato a Brawl Stars en mi casa, pero en cuanto cerró la puerta con llave, me agarró de la polla por encima del pantalón y me susurró al oído que quería que la empotrara hasta dejarla sin voz. Sin pensarlo dos veces, la empujé contra la pared del pasillo y le arranqué las bragas de un tirón, dejando al descubierto ese coño peladito y bien mojadito que ya olía a sexo barato. Con una mano le sujeté las tetas apretándoselas fuerte mientras con la otra le metía dos dedos bien adentro, haciéndola gemir como una puta en celo y dejar caer el móvil al suelo. En cuanto saqué los dedos, se los chupó con los ojos vidriosos, se agachó y se tragó toda mi verga hasta el fondo de la garganta, haciendo que me corriera en menos de un minuto entre toses y babas. Pero no terminó ahí, porque al levantarse se dio la vuelta, se apoyó en el sofá con el culo en pompa y me rogó que la follara por detrás hasta dejarla hecha un trapo. Entonces le di donde más le dolía, metiéndosela tan hondo que cada embestida le hacía soltar unos gritos agudos que resonaban en todo el edificio, mientras sus tetas rebotaban al ritmo de mis embestidas brutales. Cuando por fin me corrí dentro de ella, noté cómo su coño se contraía alrededor de mi polla, chupándome hasta la última gota de leche mientras se mordía el labio inferior para no gritar como una loca. Después de eso, ni siquiera pudimos terminar la partida: el móvil seguía en el suelo, la pantalla rota, y los dos estábamos tirados en el suelo, sudando y jadeando como animales, con la ropa esparcida por toda la sala y el olor a sexo impregnado en cada rincón. Lo único que quedó claro fue que ese Brawl Stars no era ningún juego... sino la excusa perfecta para follarnos hasta el amanecer.