Hermana rubia descubre que le encanta el perrito con mi polla
—'¿Así quieres que te parta el culo, zorra?'— me susurró Jerry Kovak mientras me empujaba contra el sofá, y no pude evitar gemir al sentir su polla rozando mi entrada ya mojada. Sabía que era su padrastro, pero desde que lo vi en calzoncillos, no podía sacarme de la cabeza su verga gruesa. Esa noche, cuando entró a mi habitación, no me resistí: me puse en cuatro patas, le ofrecí el culo y le dije que me lo rompiera. Jerry no perdió tiempo, me escupió en el agujero y metió dos dedos para abrirme. —'Joder, qué estrecha estás'— gruñó, y yo solo podía retorcerme de placer. Cuando empujó su polla hasta las pelotas, grité, pero no para que parara, sino para que la clavara más hondo. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, y cada vez que me embestía, mis tetas rebotaban contra el sofá. Me encantó cómo su verga me estiraba, cómo cada golpe me hacía sentir llena de un calor que me quemaba por dentro. Cuando me dijo que se iba a correr, me apreté el clítoris con dos dedos y me vine justo cuando su leche espesa me bañó el culo. —'Esto es solo el comienzo, puta'— me advirtió, y supe que la próxima vez sería aún más salvaje.