Hermana guarra se empotra al matón con el culo al aire
Llevaba días fingiendo no ver cómo su hermano mayor le miraba el escote cuando pasaba por el salón en pijama, pero hoy no pudo seguir ignorando el bulto que le marcaba el pantalón de chándal al agacharse a recoger el control remoto. Él no hizo falta ni que le dijera nada, le agarró de la cintura con esas manos grandes y callosas mientras ella intentaba protestar —solo un 'qué haces, idiota' que se le ahogó en la garganta cuando la empujó contra el sofá con los muslos temblando y el coño ya empapando el tanga. Le bajó el pantalón de un tirón sin preocuparse por los botones que saltaron por los aires, dejando al descubierto ese culo prieto y redondo que tanto le había vuelto loco desde que cumplió los dieciocho. Ella jadeó cuando le metió dos dedos para comprobar lo mojada que estaba, resbaladizos de sus propios jugos, y en lugar de apartarse, se arqueó contra su mano gimiendo que 'no era justo' mientras él se reía con esa voz ronca que le ponía los pelos de punta. El matón le escupió en los agujeros de los muslos para lubricar mejor y luego le clavó la polla sin avisar, empalándola hasta el fondo en un solo envite que le hizo gritar como una puta desesperada, con las uñas clavadas en el cuero del sofá y el cuerpo convulsionando de doloroso placer. Cada embestida le hacía rebotar los pechos contra el respaldo, golpeando el culo contra su pelvis con un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con los gemidos ahogados que le arrancaba a cada estocada, hasta que él decidió darle la vuelta y plantarse de pie sobre el sofá para empotrarla como a una perra en celo, agarrándole del pelo para que no se moviera mientras le llenaba la boca con los dedos para que callara aunque solo fuera un segundo. Ella le chupó los dedos con desesperación mientras él le metía la polla hasta la garganta, dejándola sin aire mientras le corría por la cara los primeros hilos de leche espesa, pero antes de que pudiera tragarse ni una gota, la sacó y se la clavó otra vez en el coño, ahora sí, sin piedad, con la carne palpitando alrededor de su grueso miembro mientras ella se corría gritando su nombre y se le escapaba un hilo de babas por la comisura de los labios. Él no tardó ni cinco minutos en llenarle el vientre con su leche caliente, empapándole el coño y resbalando por los muslos en gruesos chorros que le dejaron las piernas pegajosas y temblorosas, mientras ella se dejaba caer contra el suelo, exhausta y satisfecha, con la polla aún dura asomando entre sus nalgas como un trofeo de guerra.