Jenn Cameron se empotra con tres negros en Chicago
La morena de curvas explosivas no pudo resistirse cuando esos tres negros musculosos entraron al consultorio con promesas de un tratamiento bien especial. Mientras la enfermera Jenn se agachaba para recoger unos papeles del suelo, uno de ellos le agarró del pelo y le susurró al oído que necesitaba que le revisaran el termómetro... pero de otra manera. Sin pensarlo dos veces, ella se dejó caer de rodillas sobre la camilla, con su trasero prieto y redondo temblando de anticipación, mientras esos tres pollones enormes le rozaban los labios con la punta. El primero en probar ese coño bien mojado fue el más alto, chupando con fuerza sus labios rosados mientras gemía como una puta desesperada, sintiendo cómo su saliva caliente resbalaba por sus muslos. El segundo la levantó en volandas y la empotró contra la pared del consultorio, clavando su pene negro en ese culo que pedía a gritos ser reventado, mientras ella gritaba con cada embestida profunda que le arrancaba hasta el último gemido. El tercero, con ese miembro grueso que parecía de otra dimensión, se colocó frente a su boca y le ordenó que chupara con fuerza, ahogándose con la polla mientras le escupía leche espesa por la garganta hasta dejarla sin aliento. Entre gemidos ahogados y corridas que le corrían por las piernas, Jenn se dejó llevar por ese trío de bestias que la follaban sin piedad, su coño chorreando cada vez que uno de ellos la embestía con fuerza, su culo palpitando al ritmo de cada golpe que le daban sin compasión. Cuando por fin se corrió, fue como si el mundo se detuviera: tres chorros de leche caliente le bañaron la cara, los pechos y hasta ese culo que ya no podía más, mientras los tres negros se vaciaban dentro de ella como si no hubiera mañana. El consultorio quedó hecho un desastre, con jeringas tiradas, la bata de Jenn hecha trizas y ese olor a sexo y sudor que se pegaba a las paredes para siempre. Ella, exhausta pero más que satisfecha, se dejó caer sobre la camilla con las piernas abiertas y una sonrisa de puta complacida, sabiendo que esa noche no olvidaría ni un segundo de esa follada salvaje en Chicago.