Peridot la virgo con un culo que revienta en el lobby
La puerta del ascensor se abrió y ahí estaba ella, con ese vestido blanco tan ajustado que parecía pintado sobre ese culo redondo y palpitante que le hacía temblar las nalgas al caminar. Él no pudo evitar clavarle los ojos al ver cómo le marcaban las venas de las piernas cada vez que se movía, ese fino tanga que apenas cubría su coño depilado y ese perfume a vainilla mezclado con sudor que le subió directo a la cabeza. Sin pensarlo dos veces, la agarró de la cintura y la aplastó contra la pared del lobby mientras le susurraba al oído lo que le haría con ese culazo que le tenía obsesionado. Ella soltó un gemido ronco y se dejó caer contra su pecho, sintiendo cómo la polla dura le rozaba el muslo mientras él le bajaba el vestido hasta los tobillos para dejarle el culo al aire. Con un tirón seco le arrancó el tanga y, sin preámbulos, la empotró contra la pared con embestidas brutales que hacían vibrar hasta el cristal de la entrada. Cada vez que su culo se abría para recibirlo, ella soltaba un grito ahogado mezclado con maldiciones, pidiendo más mientras sus uñas se clavaban en la madera del mostrador del recepcionista. Él le agarró las tetas por detrás, amasándolas con fuerza mientras le mordía el cuello y le decía que ese coño estaba hecho para ser destrozado, que iba a correrse dentro hasta dejarla llena de leche caliente. Ella se retorció, sintiendo cómo la humedad le resbalaba por los muslos mientras él le metía los dedos en la boca para que chupara su propio sabor antes de volver a hundirse en su carne palpitante. La situación era tan caliente que hasta el botones se quedó paralizado, con la boca abierta y la polla dura bajo el pantalón, viendo cómo ese culo redondo se sacudía con cada embestida mientras ella suplicaba que no parara. Cuando sintió que el orgasmo le quemaba las entrañas, él la giró de golpe, la levantó en el aire y la folló de pie contra la columna del lobby, con sus piernas alrededor de su cintura y sus tetas rebotando al ritmo de los golpes. El sonido de la carne chocando llenó el silencio del lugar, mezclado con los gemidos descontrolados de ella y los gruñidos de él, que no podía aguantar más y le soltó toda la leche dentro hasta dejarla temblando y con las piernas temblorosas. Cuando por fin la dejó en el suelo, ella tenía el vestido arrugado, el maquillaje corrido y el coño goteando, pero lo peor era que no podía dejar de mirarle el bulto de la entrepierna, deseando repetirlo en el ascensor cuando subieran a la habitación.