Riley Jacobs se empotra a la esposa de su vecino con saña
La morena de tetas grandes llevaba ese vestido ajustado que le marcaba el culo prieto cada vez que se agachaba a recoger la basura, y él no pudo resistirse más cuando la vio mordisquearse el labio rojo mientras lo miraba de reojo. Sin pensarlo dos veces le agarró la cintura desde atrás, le arrancó el tanga de encaje y le enterró la verga hasta el fondo mientras ella soltaba un gemido que le hizo vibrar las paredes del salón. La muy puta se dejó caer de rodillas en el suelo de madera, le chupó la polla hasta dejarla reluciente y se la tragó toda con ese morbo que le salía por los ojos, dejándose llenar la boca de leche espesa que le resbalaba por la barbilla. Él la levantó en vilo, le abrió las piernas y la embistió contra la pared como un animal, sintiendo cómo su coño apretado le ordeñaba la verga con cada envite, hasta que ella se corrió gritando su nombre con la voz quebrada y los muslos temblorosos. La llevó al sofá, la puso de espaldas y le metió los dedos en la boca para que chupara mientras le follaba el culo a pelo, con los huevos golpeándole el clítoris cada vez que la embestía fuerte. Ella se corrió otra vez, con la espalda arqueada y los pezones duros como piedras, mientras él le escupía la leche caliente por todo el cuerpo: en la boca, en las tetas, incluso en la cara, dejándola completamente empapada y satisfecha. La muy zorra ni siquiera se limpió, se quedó ahí tirada con la respiración entrecortada y una sonrisa de oreja a oreja, pidiendo más con la mirada mientras él le susurraba al oído lo buena que estaba después de cada embestida. No fue sexo, fue una follada salvaje que les dejó marcas en la piel y un olor a sexo barato flotando en el aire, pero a nadie le importó porque al final los dos acabaron exhaustos, sudorosos y con la ropa hecha trizas sobre el suelo.