Venezolana se deja empotrar con polla enorme y salvaje
La morena de curvas explosivas llegó con un vestido ajustado que apenas le tapaba el culo prieto y unos tacones que le hacían temblar las tetas naturales al caminar. Desde el primer trago en la fiesta él no pudo quitarle los ojos de encima, sobre todo cuando se le pegó pegajosa con una sonrisa de puta segura que le mojó el short de inmediato. No tardó ni cinco minutos en arrastrarla a un rincón oscuro donde empezó a sobarle el culo duro mientras le susurraba al oído lo que le iba a hacer con esa polla gruesa que le quemaba dentro de los jeans. Ella le clavó las uñas en la espalda sin pedir permiso y le mordió el labio inferior con gemidos que sonaban a promesa de una follada de muerte. Él la levantó contra la pared sin soltarle el muslo bien formados y la embistió de un solo envite que le abrió el coño de par en par, sintiendo cómo se le humedecía el vello al recibir cada empujón brutal. Las tetas le botaban como jarras de leche espesa mientras le suplicaba que le metiera más hondo, que no parara de empotrarle el culo hasta hacerla correrse como una perra en celo. Los gritos ahogados en su hombro se mezclaban con el sonido de carne chocando contra carne, los muslos temblorosos y el coño empapado que chorreaba jugos por las piernas al ritmo de cada embestida sin piedad. Cuando él le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás para morderle el cuello, ella se corrió con un chorro potente que le empapó la entrepierna y le dejó las bragas pegadas al coño como si fueran de papel. Él no se detuvo ni un segundo, siguió empalándola con fuerza hasta que le llenó el útero de leche caliente mientras le apretaba las tetas contra la pared y le dejaba los labios hinchados de tanto morderlos. Al terminar, ella se desplomó contra su pecho sudoroso, jadeando como una loca y con las piernas aún temblorosas de tanto placer salvaje.