Enfermera traviesa se deja mamar la polla en público
La enfermera de turno llevaba el uniforme ajustado que le marcaba cada curva de su cuerpo voluptuoso, pero no era su delantal blanco lo que más llamaba la atención, sino esa mirada picarona que le echaba a los pacientes cuando creía que nadie la veía. Hoy, en el vestidor del hospital, se quitó la ropa interior de encaje rosa empapada por el calor que le subía entre las piernas al imaginarse a algún doctor duro empujando su coño apretado contra la camilla. Él llegó sin avisar, con la bata mal abrochada y la polla ya dura asomando por el pantalón, y antes de que pudiera reaccionar, ella ya le había agarrado el miembro con ambas manos, acariciando la punta brillante con los dedos mientras gemidos ahogados escapaban de su garganta. No pudo evitar chupársela con avidez, metiéndose toda la verga en la boca hasta que le tocó la campanilla, sintiendo cómo el sabor salado del pre-semen le llenaba la lengua mientras sus pezones se endurecían bajo el sujetador. Él le agarró el pelo con fuerza y empezó a embestirle la garganta sin piedad, haciendo que le lloraran los ojos y la baba le resbalara por la barbilla, pero a ella le encantaba sentirlo tan salvaje, tanto que le chorreadas gotas de su coño mojado le resbalaban por los muslos. Cuando por fin la tumbó sobre la camilla y le arrancó el uniforme, su coño peludo y rosado quedó al descubierto, chorreando jugos que él no pudo resistirse a lamer con voracidad, hundiendo la lengua hasta el fondo mientras ella gritaba de placer y se retorcía bajo su boca. Sin tiempo para más preliminares, él la penetró de un tirón, empalándola contra la camilla metálica con embestidas brutales que hacían vibrar las paredes, cada empujón le arrancaba un alarido que resonaba en el pasillo vacío mientras sus tetas rebotaban al ritmo de cada golpe. Los dos sudaban como animales, sus cuerpos enredados en una lucha de carne contra carne, ella clavándole las uñas en la espalda mientras él le mordisqueaba el cuello y le susurraba obscenidades al oído. El orgasmo llegó como un huracán, arrasando con todo: ella se corrió gritando su nombre, apretando su coño alrededor de la polla gruesa que no dejaba de bombearle hasta vaciarle los huevos dentro, llenándola de leche caliente que le escurría entre las piernas mientras los dos caían exhaustos sobre las sábanas blancas manchadas de sudor y fluidos.