Madrastra cachonda me empotra con pasión salvaje
Desde que llegó a casa, la mamá de mi padre no podía quitarme los ojos de encima, especialmente cuando me veía sin camisa después del entrenamiento. Cada vez que me agachaba para recoger algo del suelo, sus miradas se clavaban en mi culo redondo y firme, y no era casualidad que siempre llevara puestos esos vestidos ajustados que le marcaban cada curva de su cuerpo voluptuoso. Una tarde, mientras la casa estaba vacía, me acorraló en la cocina con un hambre que no podía disimular: sus dedos se enredaron en mi pelo y me empujó contra la encimera, sintiendo cómo su aliento caliente me quemaba la nuca mientras su mano libre me apretaba la polla dura como un hierro por encima de los pantalones. Sin decir ni una palabra, me bajó el cierre y sacó mi verga gruesa y palpitante, que ella lamió con avidez desde la base hasta la punta, chupando cada vena con movimientos expertos que me hicieron gemir como un animal en celo. En un santiamén, se quitó el vestido ajustado dejando al descubierto sus tetas grandes y naturales, con pezones duros y rosados que se endurecían aún más al contacto con mis manos, que las masajeaban sin piedad mientras ella se mordía el labio inferior. Me empujó contra la mesa y, sin preámbulos, se arrodilló ofreciéndome su coño empapado, que olía a sexo y crema, y allí mismo me la comí como un salvaje, hundiendo la lengua hasta el fondo mientras sus muslos temblaban alrededor de mi cara. Pero ella quería más: se dio la vuelta mostrando ese culo enorme y redondo con celulitis suave que tanto me ponía, y se inclinó sobre la mesa con las piernas bien abiertas, gritando que me la metiera sin piedad. Agarré mis pelotas bien llenas y, con un empujón brutal, enterré la polla hasta las bolas en su coño mojadísimo, sintiendo cómo sus paredes vaginales me apretaban como un puño mientras ella chillaba y se retorcía de placer. Las embestidas eran duras, sin piedad, cada golpe resonaba en toda la casa mientras sus tetas rebotaban contra la madera y su culo se ponía rojo de tanto azote. Yo le agarré la melena y la obligué a arquear la espalda, empalándola con fuerza y rapidez hasta que sus gemidos se volvieron agudos y desesperados, pidiendo más aunque ya no pudiera más. Sus fluidos resbalaban por mis bolas y mis muslos, mezclándose con el sudor que le corría por todo el cuerpo, mientras yo sentía que el orgasmo se acercaba como un tren desbocado, imposible de detener. Con un último empujón brutal, me enterré hasta el fondo y explote dentro de ella, llenando su coño caliente con mi leche espesa mientras ella se corría al mismo tiempo, gritando mi nombre con una voz que sonaba a pecado y a perdición. Cuando terminamos, quedamos tirados en el suelo, jadeantes y exhaustos, con su cuerpo curvilíneo pegado al mío y su aliento mezclándose con el mío en una mezcla de lujuria y satisfacción que sabía a gloria.