Denisse de dieciocho años se mete los dedos al coño
Denisse lleva puestas esas medias blancas que le aprietan los muslos como si fueran un regalo envuelto con cuidado, y cuando se sienta en el borde de la cama con las piernas bien abiertas no puede evitar que el coño le brille ya mojado solo de imaginarse cómo se siente esa humedad resbaladiza entre sus dedos. Se toca con movimientos lentos al principio, rodeando el clítoris con la yema de los dedos mientras suspira fuerte, sintiendo cómo el cuerpo se le enciende por dentro y le sube un calor que le recorre la espalda como un escalofrío de placer. Empieza a meterse los dedos con más ganas, clavándoselos hasta el nudillo dentro de ese coño estrecho y palpitante que no para de gotear, mientras con la otra mano se aprieta los pechos naturales que le bailan al compás de sus embestidas. Los gemidos le salen roncos y entrecortados, mezclados con los sonidos húmedos de sus dedos hundiéndose una y otra vez, hasta que se pone de pie y se frota el coño contra el borde de la mesa de noche, sintiendo cómo la madera fría le contrasta con el fuego que le quema por dentro. Se le escurre un hilito de jugos por el muslo y se los limpia con los dedos antes de volver a metérselos, esta vez más rápido, más profundo, hasta que siente que el orgasmo le explota en la entrepierna con espasmos que le hacen temblar las rodillas. Se corre gritando su nombre en voz baja, con los muslos temblorosos y la respiración acelerada, mientras los restos de su corrida le resbalan por los dedos y le manchan las medias blancas que ya no parecen tan inocentes. Se queda ahí, jadeando, con los ojos vidriosos y el cuerpo sacudido por las últimas contracciones, antes de limpiarse con la sábana y sonreír satisfecha al darse cuenta de que su coño sigue palpitando con cada latido del corazón.