Asiática cachonda me cabalgó toda la noche sin parar
Llegó con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva del culo y una sonrisa de puta que no perdona, diciendo que quería probar algo diferente antes de irse. Le bastó un trago de cerveza para soltarme que quería sentir mi polla bien adentro de su coño chorreante sin parar hasta que amaneciera. Me tiré sobre ella como un animal hambriento, le arranqué el tanga con los dientes y le metí la lengua entre los labios empapados mientras gemía como una perra en celo. No tardó ni dos minutos en montarme a horcajadas con esos pechos firmes rebotando frente a mi cara, clavándome las uñas en los hombros mientras me cabalgaba con movimientos lentos y profundos que me ponían la carne de gallina. Cada vez que bajaba, su coño me tragaba la polla entera y suelte un gemido gutural que me ponía más duro que el mármol. Me pidió que la empotrara contra la pared, así que la giré con fuerza, le levanté una pierna y se la metí por detrás hasta que sus muslos temblaron y su culo se puso rojo del golpe de mis caderas. Entre jadeos y maldiciones, me suplicó que no me corriera todavía porque quería sentirme dentro horas más, pero cuando le agarré las nalgas y le solté una descarga tras otra, gritó como si se le fuera la vida y su coño se inundó con mi leche caliente. Se dejó caer sobre la cama con las piernas abiertas y los labios hinchados, gimiendo mientras se limpiaba los restos de mi corrida con los dedos y se los chupaba sin vergüenza. Antes de que pudiera recuperarme, ya me estaba empujando de nuevo hacia su boca para que le llenara la garganta con otra ronda, porque según ella, una asiática cachonda como ella nunca se sacia.