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Vecina olosho se deja empotrar con fisting salvaje

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Estúdio Naija Olosho

La vecina olosho llevaba días coqueteando con miradas mientras se tocaba el coño por la ventana, hasta que por fin cedió y lo invitó a pasar a su casa con un susurro: 'entro y no pares hasta que me revientes'. Él no necesitó más excusas, la agarró por el culo en cuanto cerró la puerta y la arrinconó contra la pared, sintiendo cómo su coño ya chorreaba por los calzones mojados que apenas le tapaban el chocho. Ella gimoteaba con la boca abierta, mordiéndose los labios mientras él le bajaba el short y le metía dos dedos gruesos hasta el fondo, arrancándole un aullido que resonó en toda la casa. Sin tiempo que perder, se la llevó al sofá donde la tumbó boca arriba, le abrió las piernas de par en par y le empezó a lamer el clítoris hinchado mientras ella se retorcía, agarrándole el pelo con fuerza y empujando su cara contra su concha empapada. Él se incorporó rápido, se sacó la verga dura como piedra y se la clavó de un solo empujón hasta el fondo, haciendo que la olosho gritara como loca y le arañara la espalda con las uñas. Cambió a perrito en el suelo, le levantó el culo en pompa y empezó a empotrarla con embestidas brutales que hacían saltar sus tetas blandas de un lado a otro, cada golpe sonando como un trueno en la habitación. Ella no paraba de gemir, pidiendo más grueso, más profundo, más fuerte, mientras él le metía los dedos en el culo al mismo tiempo que le follaba el coño, sintiendo cómo los dos agujeros se abrían para él como nunca antes. En un momento de locura, la levantó, la giró boca abajo y se la empotró contra el respaldo del sofá, con la polla entrando y saliendo a toda velocidad mientras le apretaba los pechos por detrás y le susurraba al oído lo puta que era por aguantar tanto sin correrse. Pero ella no aguantó más, el coño le comenzó a temblar, los muslos le temblaban y un chorro de leche le brotó por las piernas mientras gritaba su nombre, corriéndose como una posesa con el culo apretando su verga como un tornillo. Él no se detuvo ahí, la tumbó en la cama, le abrió las piernas como si fueran tijeras y se la folló en misionero con embestidas lentas pero profundas, sintiendo cómo el coño le chupaba la polla cada vez que la sacaba. Ella se corrió dos veces más antes de que él, al borde del abismo, le llenara el coño de leche caliente mientras ella se retorcía bajo su peso, con los muslos pegajosos y el cuerpo temblando de placer.

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