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Paseo de leche caliente por cuarentena en Ámsterdam

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La cuarentena la tenía más mojada que una perra en celo y no podía esperar ni un segundo más para que ese cabrón le clavara su verga hasta el fondo. Desde que se enteró de que su novio tenía una polla como un ladrillo y manos que apretaban como un grillete, no hacía otra cosa que imaginarse rebotando contra la pared del balcón con el aire frío de Ámsterdam pegándole en la piel desnuda. Él, con esos ojos verdes que brillaban como veneno, le arrancó el vestido negro de encaje en dos tirones mientras ella gemía con la boca llena de babas, sus tetas enormes rebotando como si fueran dos melones maduros. La puso contra el cristal de la ventana del ático, con los pechos aplastados contra el frío y el culo en pompa, listo para recibir cada embestida con un sonido húmedo que llenaba el cuarto. Él le agarró el pelo azul por las raíces y le susurró al oído que era una puta más necesitada que el demonio, mientras le metía los dedos bien adentro para que notara lo empapada que estaba su raja. Cada vez que la penetraba hasta la empuñadura, ella chillaba como una gata en celo, con los muslos temblorosos y el coño tragándose la verga entera sin piedad. Él no se conformó con follársela contra el cristal: la sacó a la calle en pleno día, con la falda levantada y las tetas al aire, dejando que cualquier transeúnte la viera correrse como una perra en celo mientras le chorreaba leche por toda la cara y los labios. La gente se paraba a mirar, algunos con la boca abierta, otros con los móviles grabando, pero a ella solo le importaba sentir cómo ese macho le clavaba su pollón hasta hacerle saltar las lágrimas de placer. Cuando por fin se corrió, fue con un gemido gutural que le salió desde las entrañas, mientras él le vaciaba los cojones dentro de la boca abierta, dejando su lengua llena de semen espeso y caliente que le resbalaba por la barbilla. Al final, la dejó tirada en el suelo del balcón, con las piernas abiertas y el coño chorreando leche, mientras él se limpiaba la polla sudorosa con el vestido que le había arrancado antes. No hay cuarentena que aguante a una zorra con ganas de que le den duro, y menos con un macho que sabe cómo domar a una perra como ella.

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