Rubia dominante arruina el orgasmo del pobre sumiso
Ella llegó a casa con esos tacones que hacen clic en el suelo y esa mirada de perra dominante que ya le había puesto la polla dura horas antes. El pobre idiota no podía ni mirarla a los ojos cuando ella, con voz de mando, le ordenó que se quitara el pantalón y se tumbara en la cama como una puta obediente. La rubia de curvas peligrosas se lamió los labios mientras le acariciaba el muslo con uñas pintadas de rojo, susurrándole al oído que hoy iba a aprender quién mandaba de verdad en esa casa. Cuando él intentó hablar, ella le tapó la boca con un dedo empapado en su propio sudor y le soltó: 'Cállate, maricón, que esto no es negociación'. Con un tirón bestial le arrancó el bóxer y dejó al descubierto esa verga flácida que tanto le gustaba humillar, dándole golpes suaves con el dorso de la mano mientras él gemía como un cerdo en matadero. La zorra no perdió tiempo y se sentó a horcajadas sobre su rostro, empapándole la lengua con ese coño bien mojado que olía a sexo barato y desesperación. Entre gemidos ahogados y lametones brutos, él intentó correrse pero ella le agarró los huevos con fuerza y le soltó: 'Ni se te ocurra, cabrón, que hoy vas a sufrir'. Cuando por fin lo dejó chuparle la polla como si fuera un chupete, usó ambas manos para masturbarlo con movimientos lentos y burlones, alargando cada caricia hasta que él lloriqueaba como un niño. La rubia, satisfecha con su poder, le ordenó que se diera la vuelta y le metió tres dedos bien untados en el culo, revolviendo dentro hasta que el sumiso aulló de dolor mezclado con placer. Antes de que pudiera correrse, ella le sujetó la cabeza contra el colchón y le escupió en la boca mientras le decía: 'Ahora vas a tragarte cada gota de frustración, ¿entendido?'. El pobre desgraciado no tuvo más remedio que obedecer, tragando cada chorro espeso que le escupió en la cara mientras ella reía como una hiena y se limpiaba el coño con su pelo rubio. Cuando por fin se corrió, la leche le resbaló por la barbilla y los labios, manchándole la camisa de manchas blancas y pegajosas que ella se empeñó en frotarle por toda la cara. La rubia, con un suspiro de satisfacción, se levantó de la cama y le dejó tirado allí, temblando como un trapo, mientras se ponía de nuevo los tacones y se marchaba silbando como si nada hubiera pasado.