Latino musculoso empotra a pasivo en la parada del bus
El tipo de piel morena y músculos marcados llevaba días echándole miraditas al muchacho flaquito que pasaba todos los días a la misma hora con su mochila colgada del hombro, pero hoy no pudo resistirse más y lo arrinconó contra el poste metálico de la parada con un empujón que lo dejó sin aliento. La boca del pasivo se abrió en un gemido ahogado cuando sintió la verga gruesa y caliente frotándose contra su muslo a través del pantalón ajustado, mientras las manos callosas del macho le apretujaban las nalgas por encima de la tela rasposa del jean. El principiante temblaba entre los brazos del latino, que no perdió tiempo y le bajó el cierre con un tirón seco, liberando una polla que ya goteaba pre desde la punta, lista para clavarse en lo más hondo de ese culo prieto que se le antojaba devorar. El primer empotramiento lo dejó sin aire, la cabeza del pasivo chocando contra el cristal sucio de la marquesina mientras los gruesos dedos del macho le separaban las nalgas para hundirse hasta la base en un solo movimiento, arrancándole un quejido gutural que resonó entre los edificios vacíos. Las embestidas eran brutales, cada una acompañada del sonido húmedo de los testículos golpeando contra el perineo del pasivo, que no tardó en empezar a babear de placer con la polla temblorosa en la boca, chupando con desesperación mientras el otro le clavaba las uñas en la espalda. El sudor resbalaba por los abdominales marcados del latino, su verga brillando con cada embestida, la cabeza roja y palpitante a punto de reventar, mientras el pasivo gemía con la voz quebrada entre gemido y susurro, suplicando que le llenara el culo de leche caliente sin protección. El orgasmo llegó como un trueno, la polla del macho retorciéndose dentro con espasmos violentos que le vaciaron las bolas hasta dejarlo exhausto, el líquido blanco goteando por las piernas del pasivo cuando lo sacó lentamente, dejando un rastro pegajoso desde el coño hasta las rodillas. El muchacho se quedó allí, jadeando, con las piernas temblorosas y el aliento entrecortado, mientras el latino se abrochaba el pantalón con una sonrisa pícara y se alejaba silbando, dejando atrás solo el eco de los gemidos y el olor a sexo crudo en el aire frío de la madrugada.