La madrastra Titi Babe me dejó romperle el culo como un perro
Desde que Titi Babe entró en mi vida, supe que quería doblarla como una perra sumisa, pero ella siempre se hacía la difícil, como si su culo tetudo mereciera respetarse. La primera vez que me arrodillé frente a ella, su coño ya goteaba, pero no le bastó con que le chupara las tetas grandes hasta dejarle los pezones morados, no, esta puta quería que le pegara duro en la cara hasta que le salieran lágrimas, que su garganta se ahogara con mi verga hasta que le doliera la mandíbula. Cuando por fin me dejó meterle el dedo en el ano, gimió tan fuerte que los vecinos debieron pensar que la estaba matando, pero Titi Babe solo pedía más, que la empotrara contra la pared hasta que el espejo se quebrara. Le dije que iba a llenarle el culo de leche como si fuera una perra en celo, y ella no solo obedeció, sino que me rogó que no me sacara, que quería sentir cómo me corría dentro, que la humillación la ponía más mojada que nunca. La giré como un muñeco, la hice chupar su propia saliva de mi polla, y cuando me arrodillé para clavársela por detrás, su culo se abrió tan bien que me tragué un gemido. No tuvo piedad, le di tan fuerte que sus nalgas rebotaban como gelatina, gritando que no parara, que la hiciera suya como a una zorra. Cuando al fin me corrí dentro, le quedo el culo tan lleno que se le escapó un poco cuando me saqué, pero ni así dejó de pedirme que la follara otra vez. La dejé ahí, arrodillada, con el semen chorreando entre sus muslos, sabiendo que ya era mía para siempre.