Gamer ardiente desafía a su novio a una noche de sexo salvaje
Esa tarde en el cuarto oscuro, entre cables y luces de neón, la gamer se quitó la playera ajustada y dejó al descubierto sus tetas firmes, los pezones ya duros de la excitación. Con una sonrisa pícara, le dijo que si no la hacía gemir como nunca, ella le daría una paliza en el juego. Él no se lo pensó dos veces: la empujó contra la cama, le arrancó las bragas de un tirón y hundió la lengua en su coño mojado, chupando con fuerza mientras ella arqueaba la espalda y le agarraba el pelo. Cuando ya no pudo más, la volteó boca abajo, le abrió las nalgas y le metió la polla de una estocada, sintiendo cómo el culo apretado lo envolvía. Ella gritó, pero él no paró: le agarró las caderas y la embistió sin piedad, cada golpe haciendo que los muslos le temblaran. La gamer, que se creía la más dura, empezó a suplicar que no se detuviera, pero él solo aceleró el ritmo, hasta que el semen le salió a chorros dentro de ella. La próxima vez, dijo él, le meterá la polla en la boca hasta que le duela la garganta.