Cenicienta no se fue a medianoche y el salón se convirtió en un palacio de sexo
El salón de baile estaba iluminado por velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes, el aire olía a perfume y sudor, y las risas de los invitados se mezclaban con el sonido de los violines. Yo, con mi vestido ajustado que apenas cubría mis tetas y mi coño ya mojado, sabía que no podía quedarme hasta tarde, pero mi cuerpo ardía de ganas. Él me llevó a un rincón oscuro, sus manos ásperas me agarraron el culo y me susurró al oído que quería empotrarme contra la pared. Sentí su polla dura presionando mi espalda mientras me mordía el cuello, y no pude evitar gemir, aunque sabía que alguien podía entrar en cualquier momento. Sus dedos se colaron bajo mi vestido, abriéndose paso entre mis nalgas hasta encontrar mi agujero apretado, y me penetró de una estocada, haciendo que mi cuerpo se arqueara de placer. Cada embestida me acercaba más al orgasmo, el sonido de su piel golpeando la mía ahogado por mis gemidos ahogados. El riesgo de ser descubiertos solo me excitaba más, y cuando por fin me corrí, su leche caliente llenó mi culo mientras él gruñía como un animal. Ahora, mientras me limpio con los dedos, solo pienso en cómo volver a hacerlo antes de que amanezca.